El globo rosa
no digais, que agotado su tesoro, de asuntos falta enmudeció la lira.
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Cuando tu paladar
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Serán las negras lagrimas,
las que brotan de su pluma,
tatuando en mi anima
de la plebe la fortuna,
las que acerquen a Sabina
en su lucida locura,
al lugar donde se estima
el valor de mi cordura,
al lugar donde la espina
lagrimas negras supura,
gracias por la ternura,
que no paga las facturas
pero si que el alma afina,
gracias, por ser, Sabina.
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Quizás la curiosidad fue la que me empujo siempre a ser un "culo inquieto", nada ha satisfecho el ansia de novedad, en las historias, en las sensaciones, en los recuerdos. Indagar en algo hasta exprimirlo siempre me dejo un sabor de boca amargo; quizás porque una vez perdido el enigma, descifrado el argumento de la película, esta deja de tener emoción.
Cuando se vislumbra el final, este carece de interés, y más aun si no reporta un beneficio claro. Y aunque muchas veces el camino en sí mismo es la mayor recompensa, el paraje al que este nos conduce no tiene por que ser digno de mención.
Los especialistas, merecen mi más ferviente reconocimiento, la capacidad necesaria para conseguir ser experto en cualquiera de las artes y ciencias que pueblan el orbe, es digna de descubrirse la testa, mas no satisface el hambre que hace ronronear mis entrañas.
Me dejo seducir con facilidad por los diversos colores que se desvelan ante mi iris, intentando retener siempre algo de todo aquello que me acompaña en el viaje.
Y cambio el prisma, buscando siempre varias vistas del mismo cuadro, pues estos son bellos en su conjunto, pero también en sus delicadas pinceladas se esconde el genio del artista, visible solo acercándose hasta tener el lienzo a escasa distancia de la punta de la nariz.
Muchas veces me perdí la luna por mirar el dedo que apuntaba. Por eso tendrán que permitirme el deseo de ser siempre el pequeño saltamontes, en busca de maestros que compartan su saber.
Y perdonen si me distraigo. ¡Pero son tan graciosas las musarañas!
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¿Que hacen dos madrileños, dos argentinos, tres andaluces y un vasco, con un billar americano de quinientos kilos un sábado por la tarde?
Parece el comienzo de un chiste, ¿verdad?. Pues nada mas lejos de la realidad, así pasamos la tarde del sábado; seis largas horas hasta llevar a buen termino la misión "Bola8", como pasaremos a denominarla.
Todo comenzó mes y medio atrás, cuando uno de mis mejores amigos, tras una reunión de trabajo con un viejo cliente, recibe de este la oferta de retirar uno de los billares que habían quedado en un local que hasta ahora tenia alquilado. Y mi buen amigo ni corto ni perezoso acepto gustoso. ¡ Un billar totalmente gratis! Era el destino.
Tras pensárselo detenidamente, pues se mudo hace poco a su nueva casa, sita en una de esas colmenas, diseñada por uno de esos avispados arquitectos que oyendo a la ministra de vivienda predicar las maravillas que se podían albergar en treinta metros cuadrados, acuden rápido al ahorro del espacio, y tienden al minimalismo forzado para rentabilizar al máximo los metros cuadrados de terreno urbanizable. Por fin llego el día, y recurrió a todos los disponibles para la ocasión, que no fueron pocos.
Así partió de Estepona la caravana que iba encabezada por la gran furgoneta azul donde viajaría cariñosamente arropado el billar hasta las colinas de Sierra Bermeja donde descansaría en la terraza de Kike.
La primera impresión que tuvimos todos al ver el billar, al llegar a San Pedro de Alcántara, pueblo vecino, fue de incredulidad, pues lo que en un principio era un billar del estilo "snooker", se había convertido en una mesa enorme que nos desanimo bastante, pues sin bolas y con el tapete como el suelo de un patio, aunque consiguiésemos subirlo hasta la terraza, no lo probaríamos esa tarde. Pero bueno, aun nos esperaba la cerveza fría. Así que todos a una lo subimos a la furgoneta y lo llevamos a su destino.
Hasta aquí, lo más fácil ya estaba hecho, quedaban aun cuatro tramos de empinadas escaleras con difíciles giros, y una pared vertical de cuatro metros, hasta alcanzar la cima en la terraza de Kike. Pero como no podía ser de otra manera, la primera parada la realizamos justo al principio de la primera escalera; allí tomamos la salomónica decisión, de desmontar el billar, y quitarle el mayor peso posible. Aquí comenzó realmente la aventura.
Entre las risas de los vecinos que pasaban y no se creían lo que veían, ocho personas, nos pusimos manos a la obra para desarmar el mastodonte. Sacamos nuestras mejores herramientas, un buen taladro Hilty de batería, con su juego de brocas, una machota de pesada cabeza, y alicates y destornilladores, y como forenses novatos ante su primera disección, no sabíamos como hincarle el diente. Las teorías fluyeron, las ideas eran numerosas y los intentos, una y otra vez, infructuosos. Rompimos brocas, destrozamos cerraduras e introducimos nuestras manos, por todos y cada uno de los agujeros que hallamos; pero nada. La alianza internacional no surtió efecto.
Y menos mal, que no tenemos que ganarnos la vida como piratas, seriamos una banda nefasta, sin botín que repartir. Así que como resignados costaleros, arrimamos el hombro y alzamos a pulso el objeto de nuestro deseo. Un escalón tras otro, arriba, arriba, arriba. Y uniendo nuestros esfuerzos conseguimos dejarlo junto a la pared de la terraza, el ultimo gran escollo. Llegados a este punto y tras una nueva parada y un buen concilio, donde volvimos a deliberar cuales serian los mejores planes a seguir, con la inestimable ayuda de un vecino que amablemente se apunto a la aventura para ayudarnos, optamos nuevamente por intentar desarmar el billar. Había que aligerar peso o no llegaríamos con el arriba.
Entonces, ¡eureka!. Embellecedores fuera como por arte de magia, y tornillos a la vista; esta vez teníamos la llave. El Hilty rugió, los tirafondos cayeron y el tapete estaba liberado; Pero aquí nuevamente se ciñio sobre nosotros el mal fario y al intentar sacar el tapete, la pizarra salto por una de sus vetas debido a su propio peso. Nuestro gozo en un pozo.
Sin el peso de la pizarra, el billar parecía liviano, lo que nos animo nuevamente a intentar él ultimo tramo, la pared vertical.
Asi que dispusimos cuerdas, que amarramos firmemente al billar, con unos buenos nudos marineros que realizo nuestro patron de barco. Una vez las cuerdas estubieron fijas y seguras, o eso pensamos, decidimos que era el momento de poner en marcha el gran plan, ¡una, dos, y tres!.
Y la escalada comenzo; he de confesaros que hubo momentos dramáticos, tensos, donde pensamos que no lo conseguiríamos, en uno de los últimos embistes el billar pareció estar clavado a la pared, los que comenzamos alzando el billar desde abajo corrimos escaleras arriba hasta la azotea para seguir tirando, los rostros enrojecían, y por fin se inclino hacia el suelo de la terraza, ¡el ultimo tirón!, y las patas regulables tocaron el suelo como en un sutil alunizaje.
¡Victoria! El jubilo estallo, y nos felicitamos por el trabajo bien realizado. Una nueva prueba de que la unión hace la fuerza y que las manos que trabajan en equipo no conocen fronteras.
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